La fascia
La fascia o tejido conectivo es uno de los cuatro tejidos presentes en el cuerpo humano junto al tejido muscular, nervioso y epitelial.
Tradicionalmente, la fascia se ha entendido como una “segunda piel”, una membrana fibrosa blanca, reluciente y resistente que recubre uno o más músculos.
Sin embargo, tras varios estudios e investigaciones tenemos un concepto de la fascia mucho más amplio, global y activo.
Se define como el tejido conectivo que se extiende por el todo el cuerpo formando una red o matriz tridimensional continua que envuelve, protege, sostiene, comunica, separa y une todo el cuerpo.
Es comparable con la estructura de una naranja donde la fascia sería el tejido que compartimenta y separa los gajos entre sí y penetra en el interior de los mismos.
De igual modo, en el cuerpo, forma un sistema que penetra y rodea todos los órganos, músculos, huesos, nervios y vasos sanguíneos aportando una integridad global. Estructura y organiza el cuerpo y sus componentes permitiendo que funcionen en todo su conjunto.
Por tanto, cumple distintas funciones: de sostén y soporte, de protección, de amortiguación e incluso de defensa al poseer células del sistema inmune.
Como cualquier tejido, la fascia está formada por la agrupación de distintas células y fibras:
- Fibras de colágeno y elastina que le aportan capacidad de protección, resistencia o elasticidad para adaptarse a las fuerzas mecánicas (estiramiento, compresión, tracción,…) a las que se ve sometido el cuerpo.
- Células: encargadas de sintetizar las fibras, de almacenar lípidos y grasas (importante para la función de protección y amortiguación) y de liberar sustancias para la cicatrización e inflamación del tejido.
Tanto las células como las fibras se encuentran dentro de la llamada sustancia fundamental la cual tiene el aspecto de un gel viscoso, incoloro y translúcido caracterizado por su gran contenido en agua.
Continuamente el cuerpo se encuentra sometido al estrés mecánico causado por el movimiento, la postura, la gravedad o diversas fuerzas de carga. Ante ello, el tejido conectivo debe permitir que la estructura se deforme manteniendo siempre al sistema en un estado de equilibrio necesario para un buen funcionamiento.
Sin embargo, cuando este estrés mecánico aumenta por sobreuso, desajustes posturales, posturas mantenidas, gestos repetidos o traumatismos (físico, químico o emocional) el tejido responde de forma patógena: aumenta la cantidad de fibras que se entrecruzan entre sí, disminuye la cantidad de agua y la sustancia fundamental se vuelve más densa, etc.
Todo ello conduce a un aumento del tono o estado de tensión del sistema, pudiendo afectar a las estructuras que integra (músculos, vasos sanguíneos, nervios,…) y, debido a su continuidad, pudiendo transmitir ese exceso de tensión a otra parte del cuerpo alterando su función.




